En un deporte de ruido constante, hay un tipo de jugador que parece invisible. No celebra, no discute, no impone. Observa. Y en ese modo de mirar —quieto, atento, casi secreto— revela algo profundo sobre cómo se sostiene un equipo y una época.

Por Gonzalo Ermin (colaborador invitado en ORIENTACIÓN) — Revista NACOMA
1. El ruido nos distrae del que piensa
Las canchas están llenas de gritos: órdenes, insultos, festejos, reclamos.
En ese paisaje sonoro, el jugador silencioso parece un error del sistema.
No marca territorio, no participa del tumulto; observa el campo como si fuera un mapa emocional.
A veces pasa desapercibido.
Y sin embargo, es el que sostiene el ritmo interno del equipo.
El fútbol, como la vida argentina, está lleno de ruido.
Pero quienes cambian un partido suelen ser los que miran antes de actuar.
2. La mirada que anticipa
El jugador silencioso tiene un rasgo que no se entrena: percepción.
Ve el espacio antes que los demás.
Detecta la tensión de una jugada, la duda de un compañero, el miedo de un rival.
Su silencio no es pasividad: es lectura.
En un deporte donde todos reaccionan, él interpreta.
Ese segundo de diferencia —lo que mira mientras el resto grita— es el que define el pase que limpia una jugada o el cierre que evita un gol.
3. La ética de no gritar
Hay un mito en el fútbol argentino: que el que no grita, no siente.
Pero la sensibilidad no siempre necesita volumen.
El jugador silencioso demuestra algo distinto:
que la calma también es una forma de coraje.
Que sostener la templanza en medio del ruido es un acto moral.
Que una cancha no se lidera solo con voz, sino con presencia.
La ética del silencio es simple: hablar cuando corresponde, mirar siempre.
4. El peso de la soledad en un deporte colectivo
El jugador silencioso carga algo que rara vez se dice: la soledad del que ve más.
Ver el error antes de que ocurra.
Ver la grieta emocional del equipo.
Ver la jugada que nadie se anima a intentar.
Ese tipo de mirada exige un tipo de responsabilidad distinta, menos celebrada pero más real.
Quien observa sin gritar sostiene al equipo desde un lugar invisible: la confianza que no se nota, pero se siente.
5. Cuando el silencio se vuelve un lenguaje
Para algunos jugadores, el silencio no es una ausencia: es un código.
Un gesto de cabeza.
Un movimiento del cuerpo.
Una pausa antes del pase.
Esa comunicación mínima ordena al equipo sin necesidad de palabras.
Los que no gritan tienen otro tipo de liderazgo: el liderazgo quieto, que no necesita imponerse para ser escuchado.
Cierre NACOMA
En las canchas de Salto, siempre hubo uno: ese volante, ese central, ese pibe flaco que parecía no estar, pero que sabía leer la jugada como si la hubiera vivido antes.
En Tumé, el mineral NACOMA vibra por dentro: nunca hace ruido, pero sostiene la luz.
El jugador silencioso es eso mismo: una presencia interna que cambia el partido sin que nadie lo note en el momento.
Los que no gritan, observan distinto.
Y a veces, son los únicos que realmente ven.