Por Gonzalo Ermin
Vivimos en un estado de alerta suave pero constante: mensajes, notificaciones, expectativas de respuesta inmediata. Esta nota indaga qué ocurre en nuestra mente y en nuestro cuerpo cuando sentimos que debemos estar siempre accesibles, incluso cuando no tenemos nada para dar. ¿Qué parte de nuestra identidad queda atrapada en esa disponibilidad total?

La respiración cortada del “en línea”
Hay un momento del día en que el celular queda boca abajo sobre la mesa y, aun así, sentimos su presencia latente, como si la luz pudiera encenderse en cualquier instante. No llegó ningún mensaje, no vibró nada, nadie nos pidió nada. Pero la alerta está ahí, instalada en el cuerpo.
No es la pantalla: es la expectativa.
El “en línea” dejó de ser un dato funcional para convertirse en un pulso emocional que nos toma por dentro. Estamos disponibles incluso cuando estamos exhaustos. Y esa disponibilidad permanente, silenciosa y normalizada, tiene un costo que pocas veces nombramos.
I. La disponibilidad como mandato moderno
En algún punto de los últimos diez años, dejamos de “tener” un teléfono y empezamos a ser una extensión de él.
Responder rápido se volvió sinónimo de atención.
Estar desconectado pasó a leerse como desinterés.
Tomarse tiempo para contestar se interpreta como una grieta en el vínculo.
La tecnología no impuso este mandato: lo hizo la cultura.
El doble tilde azul, el “visto”, la última conexión, el circulito verde, el “grabando audio” no fueron creados para vigilarnos, pero terminaron instalando un nuevo lenguaje de disponibilidad emocional. Un lenguaje que exige estar siempre “ahí”, incluso cuando no estamos bien, cuando estamos cansados, o cuando simplemente no queremos.
El problema no es estar conectados.
El problema es no tener derecho a no estarlo.
II. La psicología del “siempre accesible”
La mente humana no fue diseñada para vivir en un estado de interrupción permanente. La expectativa de respuesta inmediata genera un tipo de ansiedad que no explota, pero desgasta: una hiperalerta basal.
Es un cansancio raro, que no se siente en los músculos ni en los ojos, sino en la identidad.
Un cansancio de “tener que aparecer”.
El “en línea” constante nos coloca en un modo defensivo:
¿Quién escribirá?
¿Tendré que contestar ahora?
¿Quedará mal si no digo algo ya?
¿Interpretarán mi silencio como distancia?
Y así, aún sin mensajes, la disponibilidad se convierte en ruido mental. Una parte de nosotros queda en pausa, esperando el próximo llamado del mundo.
En algún punto, dejamos de decidir cuándo dar y empezamos a responder a una demanda invisible.
III. La intimidad en riesgo
Estar siempre accesibles erosiona algo fundamental: la capacidad de retirarnos a tiempo.
La intimidad no se rompe cuando alguien nos mira: se rompe cuando sentimos que no podemos dejar de ser vistos.
En la lógica del “en línea”, desaparecer se vuelve una falta.
No responder es un gesto que puede herir.
Tomarse horas o días se interpreta como abandono.
Pero la intimidad necesita cortes, pausas, silencios que no deban explicarse.
Necesita huecos donde no somos nadie para nadie.
El “en línea” permanente no solo ocupa nuestro tiempo: ocupa nuestra cabeza, y desde ahí condiciona las emociones. Sentimos culpa por descansar, por no responder, por no estar disponibles. Como si nuestra presencia digital fuese una obligación moral.
Sin darnos cuenta, dimos un paso más: confundimos conexión con cuidado, y respuesta inmediata con afecto.
IV. Cultura, trabajo y vínculos: la ilusión de cercanía
En el trabajo, estar disponible parece ser una virtud.
En la amistad, se volvió sinónimo de lealtad.
En la pareja, una prueba silenciosa de interés.
Pero la disponibilidad total no garantiza cercanía: muchas veces la erosiona.
Cuando todos esperan algo de nosotros todo el tiempo, lo que se desgasta no es la relación: somos nosotros. Vamos perdiendo la capacidad de regular nuestra energía emocional. Un mensaje puede hundir un día; un silencio puede encender todas las alarmas; una respuesta apurada puede fabricar un conflicto inexistente.
La paradoja es cruel: nunca estuvimos más conectados y nunca nos sentimos más agotados por sostener esa conexión.
No extrañamos el mundo sin tecnología: extrañamos el mundo con límites claros.
Cierre NACOMA — El derecho a no estar
Tal vez la pregunta no sea cómo desconectarnos, sino cómo volver a estar disponibles para nosotros primero.
El descanso real no empieza cuando el celular se apaga, sino cuando dejamos de sentir que le debemos una aparición constante al mundo.
Estar “en línea” es funcional.
Estar “presentes” es otra cosa.
Y esa presencia, la verdadera, necesita un límite: la posibilidad de desaparecer un rato sin que eso signifique una herida.
Podemos volver a ese espacio.
A veces, basta con un gesto mínimo: permitirnos, aunque sea por unas horas, no estar en ningún lado para poder volver a estar acá.