A veces el grito no encuentra causa justa. No tiene a quién ir dirigido. No sabe dónde caer. Entonces se desplaza. Esta nota piensa el gol como uno de los últimos lugares socialmente permitidos para soltar lo que no puede decirse de otra manera.
Por Sofia Lujan Ferrero

El grito que espera su momento
No siempre gritamos por lo que pasa en la cancha.
Muchas veces gritamos por todo lo demás.
El gol llega y el cuerpo responde antes que la cabeza.
No hay filtro.
No hay corrección.
No hay tiempo para pensar si corresponde.
Sale.
Y en ese grito se mezclan cosas que no tienen nombre:
broncas viejas, cansancios acumulados, frustraciones sin destinatario, pequeñas derrotas cotidianas que no encontraron lugar.
El gol no explica nada.
Pero habilita.
I. El permiso colectivo
En casi ningún otro espacio se puede gritar así.
Sin justificar.
Sin pedir disculpas.
Sin que alguien pregunte qué te pasa.
El fútbol ofrece un permiso raro y preciso:
el permiso de desbordarse sin dar explicaciones.
En una sociedad que pide autocontrol, rendimiento y compostura, el gol abre una grieta mínima donde el cuerpo manda.
No es violencia.
No es euforia pura.
Es descarga.
II. Cuando no se puede gritar lo importante
Hay muchas cosas que no se gritan.
No se grita el miedo a perder el trabajo.
No se grita la angustia económica.
No se grita la soledad.
No se grita la sensación de estar quedándose atrás.
Eso se guarda.
Se disimula.
Se gestiona en silencio.
Pero el cuerpo necesita salida.
Entonces el grito se corre.
Encuentra otro motivo.
Otro escenario.
Otro disparador.
Y cuando la pelota entra, el cuerpo aprovecha.
III. El gol como lenguaje prestado
El gol funciona como un idioma común.
No hace falta explicarlo.
No hace falta acordarlo.
Todos entendemos qué se hace cuando entra:
se grita.
No importa si estás solo o acompañado.
No importa si sabés de fútbol o no.
No importa si el día fue bueno o malo.
El grito une por unos segundos.
No resuelve nada, pero conecta.
Y a veces, eso alcanza.
IV. El después del grito
El problema no es gritar un gol.
El problema es que ese sea uno de los pocos lugares donde todavía se puede.
Cuando el grito deportivo se vuelve el único canal, algo más está fallando.
No en el fútbol.
En el resto.
En la falta de espacios donde decir lo que duele sin ser juzgado.
En la ausencia de escenas colectivas donde descargar sin consecuencias.
El gol no tapa eso.
Lo revela.
Cierre — Lo que el cuerpo encuentra
Gritar un gol no es exagerado.
Es humano.
Es el cuerpo encontrando una salida cuando otras están cerradas.
Es una forma de decir acá estoy sin tener que explicarse.
Tal vez por eso duele tanto cuando el gol no llega.
Porque no es solo el partido lo que se pierde.
Es la oportunidad de soltar algo que venía apretando desde antes.
Mientras no encontremos otros lugares donde gritar lo que importa,
el fútbol seguirá cargando con más de lo que le corresponde.
No porque sea lo más importante.
Sino porque, por ahora, sigue siendo uno de los pocos espacios
donde el grito todavía está permitido.