Nunca estuvimos tan quietos físicamente ni tan exigidos por dentro. El cuerpo se detiene, la cabeza no. Esta nota recorre ese desfasaje cotidiano entre cuerpos inmóviles y mentes saturadas, una tensión silenciosa que define gran parte del cansancio actual.
Por Renata Vüller

El cansancio que no se ve
El cuerpo está quieto.
Sentado.
Apoyado.
En pausa aparente.
Pero la cabeza no descansa.
Salta de una cosa a otra sin cerrar ninguna.
Acumula pendientes, imágenes, mensajes, ideas sueltas.
No grita.
No avisa.
Solo se llena.
No es agotamiento físico.
Es otra cosa.
Un cansancio sin sudor.
Un cansancio que no se va durmiendo.
I. Cuando el movimiento se volvió interno
Antes, el cansancio tenía una escena clara.
Venía después del esfuerzo.
Del trabajo físico.
Del día largo.
Ahora el cuerpo apenas se mueve,
pero la mente corre.
Corre detrás de respuestas.
De expectativas.
De decisiones que nunca terminan de tomarse.
El cuerpo espera.
La cabeza insiste.
Y ese desacople empieza a pesar.
II. La ilusión de estar en pausa
Parece que estamos quietos.
Sentados frente a una pantalla.
Acostados mirando el techo.
Parados sin movernos demasiado.
Pero no hay pausa real.
La cabeza sigue procesando.
Comparando.
Anticipando.
Defendiéndose.
La quietud corporal no es descanso.
Es inmovilidad.
Y la inmovilidad, cuando se extiende, también cansa.
III. Saturación sin épica
No es estrés heroico.
No es presión extraordinaria.
No es una tragedia visible.
Es acumulación.
Pequeñas demandas constantes.
Mensajes que no se apagan.
Información que no se termina de ir.
La cabeza se llena de ruido bajo.
Un zumbido permanente.
No colapsa.
Pero tampoco se libera.
IV. El cuerpo como último aviso
Cuando la cabeza no puede más, el cuerpo empieza a hablar.
No con gritos.
Con rigidez.
Con contracturas.
Con insomnio.
Con una incomodidad difícil de explicar.
No es enfermedad.
Es señal.
El cuerpo avisa que algo está desbalanceado.
Que no fue hecho para estar quieto mientras todo pasa adentro.
Cierre — Volver a habitar el cuerpo
Tal vez parte del cansancio de esta época no tenga que ver con hacer demasiado, sino con no movernos lo suficiente de verdad.
Con no darle al cuerpo un lugar donde descargar lo que la cabeza acumula.
Habitar el cuerpo no es rendirse al bienestar de manual.
Es reconocer que pensar sin parar también agota.
En una época que exige atención constante,
permitir que el cuerpo vuelva a ocupar espacio
es una forma mínima —pero necesaria— de cuidado.
No para producir más.
No para rendir mejor.
Solo para volver a sentir que estamos enteros.