La promesa de seguridad ordenó la vida cotidiana, pero dejó restos. Cámaras, controles, alertas y protocolos convivieron con una emoción más difícil de nombrar: el miedo a estar juntos. Esta nota recorre cómo el control se volvió paisaje y la reunión, un riesgo.
Por Renata Vüller

Cuando el cuerpo duda
No siempre sabemos por qué evitamos juntarnos.
No es desinterés.
No es falta de ganas.
Es una duda corporal.
Un cálculo breve antes de salir.
Una pregunta que aparece sola: ¿vale la pena?
El cuerpo registra algo antes de que la cabeza lo explique.
Una alerta baja.
Un cuidado que no pide permiso.
I. La seguridad como hábito
La seguridad dejó de ser una política para convertirse en costumbre.
Cámaras en cada esquina.
Aplicaciones.
Rejas.
Mensajes de alerta que llegan sin contexto.
No se discute.
Se acepta.
El problema no es la cámara.
Es lo que le hace al gesto.
Mirar alrededor antes de detenerse.
Elegir el lugar “seguro” para encontrarse.
Preferir lo conocido.
Reducir el recorrido.
La ciudad se achica sin avisar.
II. El control entra a la casa
El control no quedó afuera.
Se metió en la rutina.
Horarios medidos.
Ubicaciones compartidas.
Mensajes que confirman llegada.
La pregunta constante: ¿volviste bien?
Cuidarse se volvió vigilancia blanda.
Amorosa.
Pero vigilancia al fin.
Y el cuerpo aprende rápido:
mejor no exponerse.
Mejor no improvisar.
Mejor no juntarse demasiado.
III. Juntarse como riesgo
Hubo un tiempo en que juntarse era alivio.
Estar con otros bajaba la guardia.
Hoy, a veces, la sube.
Pensar quién va.
Dónde.
Hasta qué hora.
Cómo se vuelve.
La reunión se llena de condiciones.
La espontaneidad se vuelve un lujo.
No es paranoia.
Es adaptación.
Pero cada adaptación deja algo afuera.
IV. El miedo que no se dice
No solemos decir tengo miedo.
Decimos estoy cansado.
No tengo ganas.
Otro día.
El miedo se disfraza de agenda.
No es miedo a la violencia solamente.
Es miedo a perder el control.
A no poder responder.
A quedar expuesto.
Juntarse implica soltar un poco el control.
Y soltar, hoy, cuesta.
V. Lo que se pierde cuando no nos vemos
Cuando no nos juntamos, no solo evitamos riesgos.
Perdemos algo más sutil.
La conversación sin objetivo.
El cuerpo del otro como referencia.
La risa que no estaba prevista.
El silencio compartido.
La ciudad sin encuentro se vuelve tránsito.
Pasaje.
Superficie.
Funciona.
Pero no aloja.
Cierre — Volver a encontrarse
La seguridad importa.
El cuidado importa.
Pero si el miedo a juntarnos se vuelve norma, algo se rompe en lo común.
Encontrarse no es ingenuidad.
Es necesidad corporal.
Tal vez haya que volver a ensayar encuentros pequeños.
Cortos.
Imperfectos.
No para negar el riesgo.
Sino para no dejar que el control ocupe todo el espacio.
Porque una ciudad sin gente junta
no es una ciudad segura.
Es una ciudad sola.