Cromañón: Después del ruido, el cuerpo. Después del miedo, nosotros.

Por Mar Martinez

Hay épocas que no se rompen con un estallido.
Se desgastan.

Cromañón, el silencio y el cuerpo

Por Mar Martínez

Un silencio.

No como ausencia de sonido.
Como método.

En la Argentina, el silencio no llega después del ruido.
Se organiza.
Se administra.
Se aprende.

No hay un antes y un después claro.
Hay acumulación.
Capas que se superponen.
Heridas que no cierran y se tapan con rutina.

La historia de este país no está hecha solo de grandes gestos.
Está hecha, sobre todo, de silencios eficaces.
Silencios que permiten seguir.
Silencios que ordenan.
Silencios que convierten el daño en paisaje.

Cromañón no fue solo una noche.
Fue un pliegue histórico.

Un punto donde quedó expuesto algo que ya estaba ahí:
la capacidad del Estado para fallar sin derrumbarse,
la habilidad del sistema para absorber la tragedia
y devolver normalidad a cambio de olvido.

Cromañón fue muerte.
Fue negligencia.
Fue corrupción.
Fue Estado.

Pero también fue otra cosa, menos visible y más persistente:
una pedagogía del miedo.

No una pedagogía explícita.
No un discurso.
Una enseñanza corporal.

Después de Cromañón, el mensaje no se dijo.
Se sintió.

Estar juntos puede costar caro.
Amontonarse es peligroso.
El cuerpo del otro es un riesgo.
El exceso se paga.

Ese mensaje se filtró sin necesidad de consignas.
Se volvió costumbre.
Se volvió prudencia.
Se volvió sentido común.

Después vinieron otras tragedias.
Otras crisis.
Otras precariedades.
Otros miedos.

Pero el método ya estaba instalado:
cuando lo común, lo humano, lo emocional se vuelve amenaza,
cada cuerpo aprende a reprimirse.
A administrarse.
A no desbordar.

Este número de NACOMA nace ahí.
En ese punto donde la seguridad empieza a parecer encierro.
Donde el control se disfraza de cuidado
y, en nombre de proteger, asfixia.
Donde juntarse deja de ser alivio
y se vuelve cálculo.
Intención.
Ventaja.

No porque hayamos perdido valores.
Porque estamos cansados.
Y porque el cansancio vuelve obediente al cuerpo.

Algo se corrió de lugar.

No lo vimos del todo cuando pasó.
Porque cuando lo insoportable irrumpe,
la mente fabrica relato para seguir.
Pero el cuerpo registra primero.
Siempre.

El cuerpo se acuerda
de lo que la cabeza todavía discute.

Hay un miedo nuevo —no siempre dicho— a estar juntos.
A mirarnos.
A tocarnos.
A exponernos.
A amar.

No es pánico.
Es terror cotidiano.

El terror de que cualquier gesto tenga consecuencias.
De que cualquier palabra quede registrada.
De que cualquier error se vuelva definitivo.
De que cualquier encuentro implique riesgo.

La ciudad sigue funcionando.
Todo sigue.
La vida es experta en seguir.

Pero algo en lo común se adelgazó.
Se volvió frágil.
Condicional.

Y cuando lo común se vuelve frágil,
aparece una nostalgia rara, que no es nostalgia.
No extrañamos un tiempo.
Extrañamos una sensación.

La sensación de confiar.
La sensación de no calcular todo.
La sensación de un cuerpo suelto entre otros cuerpos.

Por eso volvemos al barrio.

No por romanticismo.
Por necesidad vital.

Volvemos a la escala chica,
porque la escala grande vigila.
Mide.
Archiva.
Evalúa.

Volvemos donde todavía hay memoria corporal.
Una vereda gastada.
Un árbol viejo.
Una cancha sin cartel.

Volvemos al Diego.
No como ídolo.
Como vibración compartida.
Como una pelota picando en el medio de la cancha,
cargada de futuro.

No es una escena ingenua.
Es una escena política.

Porque ahí el cuerpo vuelve a ocupar espacio
sin pedir permiso.

Ahí no importa la imagen.
La foto pierde peso.
Las zapatillas de lona no significan estatus
sino historia.

También gritamos goles.

No porque el fútbol resuelva algo.
Sino porque descarga.

Porque hay gritos que no encontraron otro canal.
Y cuando no se puede gritar lo importante,
el cuerpo se aferra a lo que puede.

El fútbol no cura.
No salva.
Pero suspende el control por un instante.
Y a veces eso alcanza para no romperse.

La música hizo algo parecido.

Hubo letras que gritaron por nosotros
cuando no sabíamos cómo hacerlo.
No para educar.
Para sostener.

Para que el silencio no nos explotara adentro.

Después, esas voces quedaron lejos.
No porque hayan desaparecido.
Porque el mundo se llenó de ruido administrado.
Ruido constante.
Ruido sin pausa.

El ruido se volvió paisaje.
Y la pausa empezó a dar miedo.

Escaparse, hoy, lo venden como sanidad.
Reset.
Detox.
Soltar.

Pero muchas veces no es soltar.
Es huir con palabras lindas.

El cuerpo no negocia.
El cuerpo sabe.

Quedó algo rígido.
Algo desconfiado.
Algo saturado.

Cuerpos quietos.
Cabezas llenas.

Trabajamos.
Respondemos.
Producimos.
Brindamos.

Y adentro el zumbido sigue.
Constante.
Agobiante.

Un resto emocional que no encontró escena.
Emociones no dichas
porque no era momento,
porque no quedaba bien,
porque gritar era exagerado,
porque rebelarse era incómodo,
porque había que madurar,
porque había que aguantar.

Eso no desaparece.

Se acumula.

Y cuando la adultez llega con su máscara de normalidad,
el cuerpo queda atrás,
esperando.

Entonces el espejo vuelve.

Los años pasaron.
Somos adultos.

Y la pregunta aparece, intacta, como una deuda histórica:

¿qué hacemos con el cuerpo ahora?

No qué hacemos con el pasado.
No qué hacemos con la memoria.
Qué hacemos con el cuerpo
en un país que aprendió a callarlo
para poder seguir.

Este número no propone soluciones.
Propone algo más incómodo: atención.

Atención al miedo convertido en paisaje.
Al control convertido en costumbre.
A la seguridad transformada en encierro amable.
Al cansancio elevado a identidad.
A la intimidad convertida en trámite.
A la memoria de Cromañón,
donde el silencio posterior dijo más que cualquier consigna
porque dejó una marca indeleble:
cuando el Estado falla,
el cuerpo paga.

NACOMA no viene a explicar la época.
Viene a quedarse con ella.

A nombrar lo que se siente
cuando todavía no se entiende.

Este número es una invitación simple y radical:
bajar el volumen del ruido
para escuchar
lo que el cuerpo viene diciendo
hace años.

Pensar juntos.
Leer juntos.
Volver a estar.

Porque hoy,
seguir poniendo el cuerpo
sin cálculo,
sin ventaja,
sin máscara,

no es un gesto romántico.

Es, todavía,
uno de los actos políticos más profundos
que nos quedan.

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