Por Mar Martínez
La escena es mínima y se repite en muchos lugares a la vez.
Una ruta recta. Un cartel técnico. Un alambrado nuevo donde antes no hacía falta. Nadie se detiene a mirar demasiado. El cuerpo sigue. La vida sigue.

El contrato no se firma con tinta.
Se firma con adaptación.
No hay asamblea permanente. No hay gritos diarios. Hay decisiones que se toman lejos del agua que se toma, del suelo que se pisa, del futuro inmediato de quienes viven ahí. Decisiones prolijas, legales, eficientes. Decisiones que no pasan por el cuerpo.
El territorio empieza a pensarse como recurso.
Y algo se desplaza sin hacer ruido.
No es solo la tierra. Es la relación con ella.
Ya no es hogar: es superficie.
Ya no es paisaje: es volumen.
Ya no es tiempo largo: es rendimiento.
El cuerpo lo percibe antes que el discurso.
Lo percibe en una incomodidad persistente.
En un cansancio que no se explica.
En una sensación de estar de paso en el propio lugar.
No hay una emoción clara para esto.
No es rabia abierta.
No es tristeza declarada.
Es una forma de desposesión que no se nombra porque no estalla.
La minería a cielo abierto aparece así: no como conflicto puntual, sino como síntoma de época. Una forma de decidir sin mirar. De avanzar sin habitar. De extraer sin preguntarse qué queda después para quienes se quedan en ese territorio despojado.
La cultura registra ese corrimiento.
Las canciones cambian de tono.
El fútbol sigue, pero algo se apaga.
El refugio deja de ser elección y se vuelve necesidad.
Nadie dice “sí” con entusiasmo.
Nadie dice “no” con fuerza suficiente.
El contrato funciona porque es silencioso.
Y la pregunta no es solo ambiental.
Es íntima.
Es política sin consigna.
¿Qué tipo de país se construye cuando el territorio deja de ser hogar y pasa a ser recurso?
No hay respuesta cerrada.
Hay un cuerpo que ya siente la consecuencia.
Y escribirlo es, tal vez, una forma de no firmar del todo.