La voz no entra limpia.
Entra con tierra.
Con algo áspero que raspa apenas la garganta.

No es una canción para explicar nada.
Es una forma de quedarse cuando el suelo ya no es seguro.
En la obra de Radamel, el territorio no aparece como paisaje. Aparece como herida. Como raíz expuesta. Como algo que todavía late incluso cuando lo están removiendo.
No canta sobre la tierra.
Canta desde ella.
Hay sonidos que no buscan armonía. Buscan sostener una memoria.
Una vibración baja, insistente, que no se ordena en discurso técnico ni en argumento racional. Lo que ahí aparece no es opinión: es registro sensible.
Cuando el territorio deja de ser hogar y empieza a funcionar como zona de sacrificio, el lenguaje se vuelve insuficiente. Las palabras se vuelven prolijas. Los informes se multiplican. Las decisiones se toman lejos.
El arte aparece entonces como otra cosa.
No como denuncia.
No como consigna.
Como resto.
En Radamel, la canción se parece a una excavación al revés. No extrae: devuelve. Devuelve algo que estaba enterrado en el cuerpo colectivo. Un temblor. Una incomodidad. Una raíz que se resiste a ser convertida en recurso.
No hay épica acá.
Hay insistencia.
La voz insiste donde el discurso falla.
Insiste en recordar que el territorio no es superficie ni volumen. Es vínculo. Es tiempo largo. Es una forma de habitar que no entra en la lógica de la eficiencia.
El cuerpo escucha antes de entender.
Algo se tensa.
Algo se reconoce.
La cultura funciona así cuando está viva: no explica lo que pasa, lo hace sentir. Se vuelve archivo de una época que todavía no sabe cómo nombrarse.
Cuando la tierra tiembla, algunos callan.
Otros miden.
Otros calculan.
Radamel canta.
Y en ese gesto no hay respuesta cerrada.
Hay una pregunta que vibra, baja, persistente:
¿Qué dice el arte cuando el territorio deja de ser paisaje y se vuelve zona de sacrificio?
No para resolverla.
Para que no pase sin ser sentida.