Por Mar Martinez
Descansamos para no detenernos

No descansamos para vivir.
Descansamos para seguir funcionando.
El descanso dejó de ser refugio.
Es mantenimiento.
Dormimos para rendir.
Pausamos para no rompernos del todo.
Paramos lo justo
para volver a arrancar.
Nadie descansa sin culpa.
Nadie frena sin calcular el costo.
El cuerpo pide pausa
y la cabeza responde con agenda.
El cansancio ya no es señal.
Es condición.
No descansamos porque elegimos.
Descansamos porque el sistema lo exige
en dosis controladas.
Una pausa breve.
Higiénica.
Productiva.
Que no desordene.
Que no cuestione.
Que no cambie nada.
El problema no es no descansar.
El problema es para qué descansamos.
Si el descanso no abre otra forma de estar,
no es descanso:
es reparación preventiva.
Y un cuerpo que solo se repara
nunca descansa de verdad.
Esto no es una defensa del agotamiento.
Es una sospecha.
Tal vez no estemos cansados
de hacer demasiado.
Tal vez estemos cansados
de no poder detenernos
sin miedo.
Descansar, hoy,
no es parar.
Es no caerse.
Y eso dice más de la época
que cualquier discurso
sobre bienestar.