Por Mar Martínez
Todo suena en nuestros permaneceres,
pero algo no vibra.

Y en ese desajuste mínimo —casi imperceptible—
este disco encuentra su verdad.
Material sensible no busca romper nada.
No empuja. No grita. No irrumpe.
Se queda.
Acompaña.
Sostiene.
Como se sostiene un cuerpo cuando el verano termina
y nadie lo anuncia del todo.
Como se sostiene una pregunta que vuelve
cada vez que el sol se va un poco menos tarde.
Hay canciones que avanzan así:
no como hechos,
sino como sensaciones que se instalan.
“Me ha sentado bien el mar”, dice la voz.
Y no es alivio lo que aparece,
es registro.
El cuerpo anotando que algo pasó,
aunque no haya cambiado nada.
Este es un disco hecho de sensibilidad contenida.
La emoción no estalla: se administra.
Como si cada canción supiera hasta dónde puede llegar
sin interrumpir el funcionamiento de la vida que sigue.
La voz de Suu no pide atención.
No se impone.
Habita ese espacio frágil donde el cuidado convive con el cansancio,
donde decir de más sería una forma de violencia.
Hay belleza, sí.
Pero es una belleza compatible con el sistema:
no detiene el día,
no quiebra el ritmo,
no exige pausa.
Revela sin incomodar del todo.
Acaricia donde podría doler.
Las canciones avanzan como avanzan los días
cuando algo ya terminó
pero todavía ocupa lugar.
Una foto que no sacaste vos.
Un casco en el salón,
cogiendo polvo.
Ahí aparece lo insoportable.
No el abandono.
No la pérdida.
Sino esa idea que se instala sin permiso:
capaz sin mí te va mejor.
Ese pensamiento —mínimo, devastador—
es uno de los núcleos secretos del disco.
No se subraya.
No se dramatiza.
Se deja ahí,
como se deja un objeto que no se tira
porque todavía pesa.
Material sensible no ofrece catarsis.
Ofrece registro.
Registro de un tiempo en el que sentir está permitido
siempre y cuando no desorganice nada.
Un tiempo donde el cuerpo aprende a dosificar la emoción
para poder seguir funcionando.
Por eso este disco no vibra fuerte.
Vibra justo lo necesario.
Como vibran hoy los cuerpos que sostienen todo
sin hacer ruido.
Como vibra la luna cuando no sabés
si el otro la está mirando también.
Este disco es un espejo limpio del eje madre de este número:
todo funciona igual.
Las canciones están ahí, presentes, afinadas,
pero algo —adentro— queda suspendido.
Y en esa suspensión,
en esa emoción que no termina de salir,
Suu escribe una de las postales más honestas de la época:
la de seguir,
la de sentir sin romper,
la de cantar sin interrumpir.
No es poco.
Es exactamente lo que duele.
(Si este disco se comparte, no será por estrategia.
Será por reconocimiento.)