Por Mar Martínez

Hay cosas que no sorprenden
porque ya estaban ahí.
No nuevas.
No viejas.
Familiares.
Este disco se escucha desde ese lugar.
Un espacio propio donde la artista se deja llevar
por eso común que es tan bello como real.
No entra.
No irrumpe.
Se apoya despacio,
como una mano en la mesa
antes de hablar.
Como la caricia de un padre
en la cabeza de su hijo.
Las canciones de Algo familiar
no buscan marcar territorio.
No piden atención.
Marcan un modo de comprender los sentires.
Aparecen cuando el cuerpo
ya está cansado
de sostenerse solo.
Escucharlo es reconocer un clima.
Una forma de estar.
Una intimidad sin escena.
Guadalupe canta como quien no necesita convencer.
La voz no empuja:
se pliega sobre sí misma,
toma fuerza,
encuentra magia.
Se acomoda.
Respira con lo que hay.
No hay gesto heroico.
Hay presencia.
Hay una calma que no anestesia:
irrumpe,
acaricia,
emociona,
modifica.
Dignifica una fragilidad
que no se esconde.
Las canciones trabajan con materiales mínimos:
recuerdos que no se nombran del todo,
lugares que no se describen,
vínculos que se intuyen
más de lo que se cuentan.
Todo suena cercano
sin ser invasivo.
Pero sí presente.
Como volver a una casa
que no cambió demasiado
y descubrir,
al caminar entre sus aromas,
que quien cambió
fuiste vos.
En este tiempo donde cuesta quedarse,
donde el ruido empuja a reaccionar
y el cuerpo aprende a protegerse,
Algo familiar no ofrece respuestas.
Ofrece un ritmo.
Uno más lento.
Más humano.
Un ritmo donde es posible sentarse
sin tener que decir nada
de inmediato.
Este disco no propone una emoción nueva.
Propone habitar una conocida.
Reconocerla.
No escaparle.
Y en ese gesto —
simple, cotidiano, sin promesa—
aparece algo que hoy vale mucho:
la sensación de no estar del todo solo
aunque nadie esté hablando.
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