Cansancio sin causa

Por Gonzalo Ermin

Cuando el cuerpo sigue y la cabeza ya no cree

Hay personas que llegan diciendo que están cansadas.
No dicen “tristes”.
No dicen “mal”.
Dicen cansadas.

Y cuando uno pregunta un poco más, aparece la dificultad:
no hay un hecho puntual.
No hubo accidente.
No hubo quiebre.
No hubo pérdida reciente que organice el relato.

Todo sigue funcionando.

Eso es lo desconcertante.


Síntomas sin evento

Durante mucho tiempo pensamos el malestar psíquico ligado a un acontecimiento:
algo pasó, algo se rompió, algo dolió.

Pero cada vez aparecen con más fuerza estos otros cuadros:
síntomas sin evento.
Cansancio sin causa clara.
Desgaste sin escena.

El cuerpo sigue.
La agenda se cumple.
Las obligaciones se sostienen.

Y, sin embargo, algo se fue retirando sin hacer ruido.

No el funcionamiento.
El sentido.


Microduelos que no se reconocen

Cuando algo se pierde de golpe, el duelo encuentra forma.
Hay palabras, rituales, tiempos.

Pero cuando lo que se pierde es la fe en ciertas promesas —
el trabajo como horizonte,
el esfuerzo como garantía,
el futuro como algo compartido—
el duelo se vuelve difuso.

No se llora lo que no se puede nombrar.

Estos son los microduelos de época:
pequeñas renuncias cotidianas que no parecen importantes,
pero que, acumuladas, pesan.

La idea de que “más adelante va a valer la pena”.
La expectativa de entusiasmo.
La sensación de estar yendo hacia algún lugar.

Nada de eso cae de golpe.
Se va apagando.


El cuerpo sigue creyendo por inercia

En estos casos, no hay contradicción entre cuerpo y cabeza.
Hay desfasaje.

El cuerpo aprendió una coreografía:
levantarse, cumplir, responder, sostener.

La cabeza, en cambio, ya no cree del todo en lo que sostiene ese movimiento.

Entonces aparece este tipo de cansancio particular:
no el del esfuerzo,
sino el de seguir haciendo sin acuerdo interno.

No es pereza.
No es falta de voluntad.

Es desgaste.


Angustia sin relato

Cuando el malestar no tiene historia clara, la angustia queda suelta.
No se puede explicar fácil.
No se puede justificar.

Y eso agrega una capa más de peso:
la sensación de que “no debería estar pasando nada”.

Pero pasa.

Se expresa en:

  • sueño liviano
  • humor plano
  • irritabilidad sin descarga
  • dificultad para emocionarse sin ironía
  • sensación de repetición infinita

No hay colapso.
Hay saturación.


Reconstrucción, no superación

En este punto conviene ser precisos con las palabras.

No se trata de “superar” este cansancio,
como si fuera una falla individual que hay que corregir.

Se trata de reconstruir.

Reconstruir no es volver a creer como antes.
No es recuperar una fe perdida.
Es algo más modesto y más difícil:
rearmar algún tipo de acuerdo posible entre lo que hacemos y lo que todavía estamos dispuestos a sostener.

Eso lleva tiempo.
Y no siempre trae respuestas rápidas.


Cuando el daño no hace ruido

Tal vez uno de los mayores problemas de esta época
no sea lo que se rompe,
sino lo que sigue funcionando demasiado bien.

Una normalidad impecable
que no deja espacio para preguntar
si todavía queremos vivir en estos términos.

El cansancio sin causa no es un error del cuerpo.
Es una señal.

No de debilidad.
De límite.

Escucharlo no resuelve todo.
Pero evita algo peor:
seguir andando indefinidamente
mientras por dentro ya no hay nadie que crea en el movimiento.

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