Cromañón: el silencio que vino después

Por Mar Martínez

No fue solo una tragedia. Fue el momento en que una forma de estar juntos se cerró sin duelo ni palabras.

Después de Cromañón, algo se cerró.
No fue un boliche.
No fue una puerta.
Fue una forma de estar juntos.

El ruido siguió existiendo, pero cambió de lugar.
Se volvió más prolijo.
Más controlado.
Más solo.

El rock quedó desnudo.
Sin ese amontonamiento que no era violencia sino sostén.
Sin el empujón que evitaba la caída.
Sin el sudor compartido que, por un rato, hacía creer que nadie estaba completamente a la intemperie.

No es que el rock murió.
Es que perdió su función emocional.

Cromañón fue una tragedia.
Fue muerte.
Fue negligencia.
Fue Estado.
Y ese Estado —o al menos quienes lo encarnaban— no pagó como debía.
Algunos ni siquiera desaparecieron de la escena pública.

Pero hubo otra cosa que no se dijo en voz alta.
Algo más difícil de nombrar.

Después de Cromañón no hubo un duelo colectivo real.
Hubo silencio.
Y complicidades.

Un silencio largo, incómodo.
De esos que no reparan:
solo se acomodan.

Los que hoy tienen treinta y pico crecieron ahí.
En ese pliegue.

Crecieron entre canciones que hablaban de desborde
y un mundo que empezó a exigir cuidado y mesura.
Entre letras que gritaban libertad
y cuerpos entrenados para no romper contornos.

El mensaje fue confuso, pero eficaz:
mejor no juntarse tanto.
mejor no apretarse.
mejor no empujar.
mejor no perder el control.

Una adolescencia en pausa.
Un preámbulo largo, disciplinado.

El rock siguió.
Las bandas siguieron.
Las letras siguieron.
Las playlists cerraron la escena.

Lo que no volvió del todo fue la confianza en el cuerpo del otro.
En el nosotros.
En esa experiencia breve donde el mundo parecía tolerable
porque alguien más respiraba cerca.

El pogo se volvió recuerdo.
La escucha se volvió individual.

Auriculares.
Habitaciones.
Pantallas.

No fue una elección generacional.
Fue adaptación.

Por eso cuesta tanto hoy construir identidad
sin agarrarse de consignas prestadas.
Por eso aparece el cansancio temprano.
La sensación de no estar del todo en ningún lado.
La dificultad para decir “esto soy”
sin sentir que falta algo.

No es apatía.
Es contención sin salida.

No es falta de emoción.
Es emoción sin lugar.

Cromañón no explica todo.
Pero marca un antes y un después claro:
un momento en que el cuerpo dejó de ser refugio colectivo
y pasó a ser algo que había que administrar.

Controlar.
Cuidar.
Reducir.

Tal vez por eso hoy buscamos comunidad en otros lados.
En redes.
En pantallas.
En rituales más limpios.
Más controlados.
Menos riesgosos.

Y también menos genuinos.

Tal vez no falten palabras.
Tal vez falten espacios.

Lugares donde volver a sentir sin miedo.
Sin culpa.
Sin protocolos emocionales.

Lugares donde estar juntos
no sea sinónimo de peligro,
sino de alivio.

Eso que se cerró aquella noche
no fue solo un lugar.

Fue una forma de confiar.

Y todavía estamos viendo
qué hacemos
con ese silencio que vino después.

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