Cuando el daño no se escucha

Por Gonzalo Ermin

La escena no es espectacular.
No hay sirenas.
No hay gritos.
No hay un momento exacto para señalar y decir: acá empezó.

Es martes.
Alguien toma mate en la mesa de la cocina.
El agua tarda un poco más en aclarar.
El comentario aparece como al pasar: “dicen que es normal”.

No hay miedo explícito.
Hay algo peor: adaptación.

La minería a cielo abierto transforma el territorio, sí.
Eso ya lo sabemos.
Pero hay otro efecto, menos visible, más difícil de nombrar:
produce un tipo de daño que no irrumpe, no estalla, no genera escena.

Un daño que se acumula.


El problema no es solo lo que se rompe, sino lo que se vuelve costumbre

El deterioro lento tiene una particularidad psíquica:
no activa alarma.

No hay un “antes y después” claro.
Hay una secuencia de pequeños desplazamientos:

el olor que ya no se menciona
el polvo que se limpia más seguido
el silencio que evita el tema
la frase técnica que tranquiliza
el papel que habilita

Todo ocurre dentro de la legalidad.
Dentro de los márgenes.
Dentro de lo permitido.

Y justamente por eso, cuesta sentirlo como daño.


Cuando el daño es técnico, la angustia no encuentra nombre

En clínica se repite una escena parecida, aunque con otros elementos.

Personas que no pueden decir qué les pasa, pero llegan cansadas.
No tristes.
No enojadas.
Cansadas.

Algo se desgasta sin ruido.

El daño técnico —legal, medido, autorizado— genera un efecto subjetivo particular:
produce angustia sin relato.

No hay culpable directo.
No hay gesto violento.
No hay acontecimiento traumático clásico.

Hay una sensación difusa de pérdida de control.
De no saber bien qué se está entregando.
De intuir que algo importante se mueve lejos de la mesa donde se toma mate.


El cuerpo registra antes de que la cabeza entienda

El cuerpo suele llegar primero.

Dolores que no estaban.
Irritabilidad leve pero persistente.
Fatiga.
Dificultad para proyectar.

No porque la persona “no tolere” el cambio.
Sino porque el cuerpo percibe que el entorno dejó de ser confiable.

Cuando el territorio se vuelve incierto, la subjetividad se achica.
No se sueña lejos.
No se planifica a largo plazo.
Se sobrevive dentro de lo permitido.

Eso también es un efecto.


Vivir en un daño sin escena

El daño lento no convoca duelo.
Porque para duelar, primero hay que poder decir qué se perdió.

Y acá lo perdido no desaparece de golpe.
Se va corriendo apenas.
Un poco más lejos cada vez.

El agua sigue saliendo.
La tierra sigue ahí.
El trabajo sigue.

Pero algo cambia en la relación con eso que parecía estable.

No es catástrofe.
Es desgaste.


Una pregunta que no busca respuesta cerrada

¿Qué pasa en la subjetividad cuando el daño es lento, técnico, legal y distante?

Tal vez pase esto:
que aprendemos a convivir con una incomodidad constante,
sin palabras precisas,
sin escena clara,
sin permiso para decir “esto me duele”.

Y cuando el daño no hace ruido,
la tarea no es gritar más fuerte,
sino volver a escuchar el cuerpo
antes de que el cansancio se vuelva normalidad.

No para cerrar el tema.
Para volver a abrirlo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio