Por Mar Martínez
Hay canciones que no hablan del amor.
Hablan del momento exacto en que el amor decide no rendirse.

Antes de que la noche se vuelva madrugada,
antes de que el cansancio gane el pulso,
antes de que el silencio se vuelva costumbre,
esta canción nombra algo que casi siempre llega tarde:
la verdad dicha a tiempo.
Guadalupe Álvarez Luccia canta desde un lugar frágil pero firme.
No pide permiso.
No levanta la voz.
Se quiebra en el momento justo.
Traspasa las esencias.
Toca ese lugar donde cuesta escucharnos,
hablarnos,
aceptarnos.
Dice antes.
Y en ese antes entra todo lo que importa:
la memoria,
la justicia,
el amor,
la historia que todavía se puede cuidar.
Ismael Serrano no aparece para corregir ni para enseñar.
Acompaña.
Camina al lado.
La mira.
La observa.
Se deja llevar.
La admira.
Se deja traspasar.
Sostiene una idea sencilla y profunda:
que amar también es defender lo que fuimos
para poder seguir siendo.
No hay épica acá.
Hay resistencia cotidiana.
Esa resistencia donde descansa
el humilde valor de la vida.
Hay una forma de decir te quise siempre
incluso cuando el mundo empezó a llenarse
de cuchillos invisibles,
de molinos demasiado grandes,
de euforias que se ríen
de quienes todavía creen.
“Historia compartida” no habla de un pasado ideal.
Habla de no soltar la mano antes de tiempo.
De escribir juntos incluso cuando cuesta.
De esperar sin dejar de caminar.
De tomar al otro de la mano
y permitir que su energía
se transforme con la nuestra.
Y cuando la canción llega a su luz —
plaza, flores, carnaval, besos a plena tarde—
no suena a final feliz.
Suena a decisión.
Porque la historia compartida no se hereda.
Se elige.
Se escribe.
Se defiende.
Y, a veces,
se canta
para no olvidarla.
Memoria.
Justicia.
Esencia.
Empatía.
Humanidad.