Hay canciones que no cuentan una historia:
sostienen un mundo.

Esta no describe un paisaje.
Lo nombra.
Cada palabra arrastra tierra, cuerpo, uso.
No hay traducción posible sin pérdida.
“Mishi”, “shishi”, “ampatu”, “mayu”:
no son equivalencias lingüísticas,
son formas de habitar.
En esta canción, el territorio no aparece como fondo natural
sino como lengua viva.
El pago no se mide en hectáreas,
se reconoce en cómo se dice el frío, el río, el hambre, el animal, el otro.
La minería a cielo abierto avanza siempre de la misma manera:
traduce.
Convierte el suelo en recurso,
el nombre en dato,
la palabra en superficie explotable.
Frente a esa lógica, esta canción no argumenta.
Insiste.
No defiende el territorio con consignas,
lo hace hablándolo.
Como si decir “mayu” en lugar de río
fuera una forma mínima de resistencia.
Como si nombrar a los changuitos flacos
fuera negarse a que el cuerpo se vuelva estadística.
No hay épica acá.
Hay cotidianeidad.
Hay lengua que sigue circulando
aunque el mundo alrededor empiece a llamarse de otro modo.
La minería necesita un suelo silencioso.
Esta canción hace lo contrario:
deja oír un murmullo antiguo,
persistente,
imposible de traducir del todo.
Y en ese murmullo queda algo claro, sin explicarse:
cuando se arrasa un territorio,
no solo se extrae tierra.
También se perfora una lengua.