Hubo un tiempo largo donde el cuerpo aprendió a callar. A esperar. A replegarse. El ruido volvió, pero algo no encaja. Esta nota pregunta qué hacemos con el cuerpo cuando el silencio ya pasó, pero la salida no está clara.
Por Lucia Arense

Cuando el silencio termina, pero no se va
El silencio no siempre es calma.
A veces es suspensión.
Un tiempo en el que el cuerpo aprende a quedarse quieto, a bajar el volumen, a no ocupar demasiado espacio. Un tiempo donde moverse parece excesivo, tocar parece peligroso, juntarse parece una decisión que hay que justificar.
El silencio pasó.
Pero el cuerpo quedó ahí.
Un poco rígido.
Un poco desconfiado.
Como si no supiera del todo si ya puede volver a entrar en escena.
I. El cuerpo que aprendió a esperar
Esperar se volvió una habilidad.
Esperar el momento.
Esperar la señal.
Esperar que sea seguro.
El cuerpo incorporó esa lógica sin pedir permiso.
Se sentó más.
Caminó menos.
Midió cada gesto.
No fue cobardía.
Fue adaptación.
Pero toda adaptación prolongada deja marca.
II. El ruido volvió, el cuerpo no
Las calles se llenaron otra vez.
Las agendas también.
Los estímulos regresaron con urgencia.
Pero el cuerpo no volvió al mismo tiempo.
Algo se retrae cuando hay demasiada exigencia de normalidad.
Algo duda cuando se espera rendimiento inmediato.
El cuerpo no entiende de consignas.
Entiende de experiencia.
Y la experiencia reciente fue:
quedate, cuidate, no te expongas.
Eso no se borra de un día para el otro.
III. El cuerpo como territorio político
No hace falta una ley para regular un cuerpo.
Alcanza con condiciones.
Condiciones de trabajo.
De circulación.
De vigilancia.
De productividad.
Después del silencio, el cuerpo aparece como campo de disputa.
Qué puede hacer.
Cuánto puede ocupar.
Hasta dónde puede llegar.
No es discurso.
Es postura.
Es cansancio.
Es miedo mezclado con deseo.
IV. Volver a usar el cuerpo
Usar el cuerpo no es explotarlo.
Es volver a sentirlo propio.
Caminar sin objetivo.
Moverse sin justificar.
Bailar sin mostrar.
Estar cerca sin plan.
No se trata de volver a antes.
Eso no existe.
Se trata de ensayar otra relación.
Más lenta.
Más torpe.
Más real.
El cuerpo no pide épica.
Pide permiso.
V. Lo que el silencio dejó en nosotros
El silencio dejó cosas buenas.
Escuchas nuevas.
Ritmos más atentos.
Pero también dejó rigidez.
Desconfianza.
Un miedo difícil de nombrar.
Después del silencio, no alcanza con volver a hacer.
Hay que volver a habitar.
Y habitar el cuerpo lleva tiempo.
No responde a calendario.
Cierre — Hacer algo con el cuerpo
Tal vez la pregunta no sea cómo volvemos a la normalidad.
Tal vez la pregunta sea otra.
Después del silencio,
¿qué hacemos con el cuerpo
que aprendió a callar para sobrevivir?
No hay una sola respuesta.
Hay ensayo.
Pequeños gestos.
Movimientos mínimos.
Presencias incompletas.
Volver al cuerpo no es un acto individual.
Es un proceso colectivo.
Y en una época que exige respuesta rápida,
permitirle al cuerpo reaparecer sin apuro
es una de las formas más claras
—y más incómodas—
de volver a estar vivos.