Detalles: el hilo invisible donde Zoe Gotusso vuelve a enseñarnos a sentir

(Curaduría NACOMA – Semana Futuro)

Por Mar Martínez

Hay discos que no llegan como una novedad, sino como una sospecha: algo que estábamos esperando sin saberlo. La intuición de que un fragmento del pasado quiere volver para decirnos otra cosa. Detalles, el nuevo proyecto de Zoe Gotusso, nace exactamente ahí: en ese punto donde la memoria deja de ser archivo y se convierte en una forma de presente.
No es solo reinterpretación. Es, como decimos en NACOMA, emoción. No es volver a lo antiguo, sino un gesto más sutil: una escucha hacia adentro que se reconstruye en los otros, un intento de entender quiénes somos cuando las canciones que nos precedieron recuperan su voz a través de la nuestra.

El origen es casi doméstico, genuino, real. Durante un descanso creativo, Zoe encuentra —por azar— una pila de CDs viejos. No hay épica, no hay plan, no hay industria. Es literatura de vida, de esa que no arma un ordenador: la que podemos tocar con los dedos.
Solo la intuición de una artista que, en vez de empujar hacia adelante, abre un espacio y deja que la música la alcance; permite que las letras la abracen y, al mismo tiempo, la transformen.
Desde ese gesto mínimo surge la idea de acercarse a Roberto Carlos, no como homenaje ni como revival, sino como una manera de preguntarse qué permanece de esos sentires de otra época: tiempos de televisores gigantes, caseteras, autos tuneados y personalidad. Un tiempo que pasó, pero cuya sensibilidad insiste.

La producción de María Wolff le da cuerpo a esa pregunta. El disco respira folk y country en baja intensidad, como si hablara despacito al oído. Guitarras que no buscan protagonismo. Una ruptura silenciosa con la estética de la primera plana, del ego, de la confección inmediata.
Arreglos que apenas acomodan la voz para que todo parezca simple sin dejar de ser delicado.
Es un álbum donde la forma nunca tapa la emoción, y ahí es donde NACOMA lo abraza. Cada versión parece sostenida por un hilo invisible: el de una artista que no canta para deslumbrar, sino para comprender, para llegar, para empatizar.

Las canciones funcionan como pequeñas escenas de un mismo territorio emocional.
“La distancia” instala el tono inicial: un despojo suave, una apertura honesta que no pretende mejorar el original, sino iluminarlo desde otro ángulo.
“Camionera” quizá sea la interpretación más terrenal, más cruda, más desnuda del disco: toma un clásico y lo vuelve carretera interior; un Sui Generis modernizado, un movimiento lento y contemplativo donde la identidad aparece en los contornos y los márgenes. Una lectura de época: una posición frente al mundo y frente a la industria.

Las colaboraciones —Rigoberta Bandini en “No te apartes de mí” y Juliana Gattas en “Qué será de ti”— abren ventanas hacia otros mundos sensibles sin romper la intimidad general. Son diálogos, miradas hondas, caricias tibias. No alianzas instantáneas dictadas por el mercado.
Y “Un millón de amigos” cierra esta travesía con un gesto inesperado: una canción originalmente expansiva, multitudinaria, que aquí se convierte en una oración tranquila. Una charla íntima al lado de una fogata, en medio del campo: cruce de historias, miradas compartidas, recuerdos que acarician la emoción.
Un deseo pequeño y cálido para un tiempo que todavía no sabemos cómo habitar.

Lo que conmueve de Detalles no es la nostalgia. Tampoco la reinterpretación en sí.
Lo que conmueve es la claridad emocional con la que Zoe se sienta frente a canciones de otras épocas —algunas de las cuales ella vivió apenas como niña— y logra que digan algo que necesitábamos escuchar ahora.
El álbum funciona como un recordatorio de que el futuro, cuando se piensa en voz alta en tiempos de tanto ruido, poca claridad y demasiado fluo, a veces necesita apoyarse en melodías que ya conocemos, en palabras dichas antes, en gestos que devuelven una forma de calma.

Por eso Detalles entra de manera natural al universo de SONIDO NACOMA. Es casi un espejo de nuestros propios sentires: empatizamos sin conocernos, caminamos por un mismo precipicio emocional sin habernos visto.
Es un disco que no presiona, no exige, no estalla.
Respira.

Y en esa respiración —luminosa, suave, consistente— se construye una sensibilidad que dialoga con esta semana editorial: un país que revisa su pasado mientras intenta imaginar qué puede ser, sin gritar, sin apuro, sin perderse de sí mismo.

Tal vez por eso estas canciones, reescritas desde un presente frágil —porque en algún punto Zoe las reescribió con su amor, con su dedicación, con su deseo de claridad— resuenan como una bitácora íntima.
No para saber hacia dónde vamos, sino para recordar qué es lo que vale la pena sostener cuando la fatiga y la angustia nos agobian.

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