Hay emociones que no estallan ni se ordenan. No se vuelven discurso ni síntoma claro. Quedan ahí: suspendidas, desplazadas, sin un lugar preciso donde apoyarse. Esta nota recorre esas emociones que no supimos —o no pudimos— alojar y que hoy vuelven, de otras formas, a pedir ser reconocidas.
Por Gonzalo Ermin

Lo que queda cuando no alcanza el nombre
No siempre lo que duele sabe decirse.
Hay emociones que no entran en las palabras que tenemos, ni en los rituales que aprendimos, ni en las explicaciones que repetimos para seguir funcionando.
No son tristeza pura.
No son enojo claro.
No son miedo evidente.
Son restos.
Sensaciones que quedaron fuera de lugar cuando hubo que seguir, cuando no era momento, cuando no había tiempo, cuando nadie preguntó.
El cuerpo sí las registró.
La espalda, el pecho, el cansancio raro de ciertos días.
Pero la vida siguió adelante y esas emociones quedaron sin domicilio.
I. La época del “seguí”
Aprendimos a seguir.
A seguir trabajando.
A seguir produciendo.
A seguir respondiendo.
A seguir estando disponibles.
La consigna fue clara, aunque nunca se dijo en voz alta:
no frenes, no te quedes, no mires demasiado.
En ese movimiento constante, muchas emociones no encontraron lugar.
No porque fueran débiles, sino porque no eran funcionales.
La frustración que no se podía permitir.
La decepción que no encajaba en el relato.
El duelo chico —pero real— que no merecía pausa.
No hubo espacio.
Y cuando no hay espacio, algo se guarda.
II. Emociones desplazadas
Las emociones que no encuentran lugar no desaparecen.
Se desplazan.
Aparecen como irritabilidad sin causa.
Como cansancio que no se va durmiendo.
Como una sensación de distancia incluso en los momentos buenos.
No gritan.
No piden ayuda.
Se filtran.
En una discusión mínima.
En una falta de entusiasmo.
En una desconexión que no sabemos explicar.
No es fragilidad.
Es acumulación.
III. Lo que no fue escuchado vuelve de otra forma
Hay una trampa silenciosa en la cultura del “estar bien”:
creer que lo no dicho se supera.
Pero lo no alojado no se supera.
Se queda esperando.
Las emociones necesitan algo simple:
un lugar donde apoyarse sin ser juzgadas, sin ser corregidas, sin ser traducidas en lecciones.
Cuando no lo tienen, el cuerpo se vuelve el único territorio disponible.
Y entonces aparecen los síntomas.
O el vacío.
O esa sensación de estar un poco afuera de todo.
No es casual.
Es consecuencia.
IV. Dar lugar no es resolver
Dar lugar a una emoción no significa entenderla del todo.
Ni sanarla.
Ni convertirla en aprendizaje.
A veces es apenas permitirle existir sin empujarla rápido hacia otro lado.
Sentarse un rato con lo que incomoda.
No para arreglarlo, sino para reconocerlo.
Decir: esto también me pasó.
Esto también soy.
Esto también merece un lugar.
Ahí, algo afloja.
No porque se cierre,
sino porque deja de golpear desde adentro.
Cierre — Hacer espacio
Tal vez una parte del cansancio que sentimos hoy no tenga que ver con lo que hacemos, sino con lo que nunca pudo decirse.
Con emociones que quedaron sin escena, sin testigo, sin pausa.
Hacerles lugar no es retroceder.
Es volver a habitar el cuerpo con menos ruido.
En una época que exige rendimiento, claridad y respuesta,
dar espacio a lo que no supo dónde estar
es un gesto mínimo, pero profundamente político.
Porque no todo lo que importa tiene forma.
Y no todo lo que duele necesita explicación.
A veces, alcanza con un lugar.