Por Mar Martinez

Todo funciona igual.
El despertador suena.
El mate se arma.
La calle está abierta.
El transporte pasa.
Los sistemas responden.
No hay fallas visibles.
La vida sigue operativa.
El cuerpo también.
Se levanta.
Camina.
Cumple.
Atraviesa expectativas ajenas.
Responde mails.
Sostiene conversaciones.
Hace lo que hay que hacer.
No hay derrumbe.
No hay crisis explícita.
No hay grito.
Y, sin embargo, algo no está.
No es tristeza exactamente.
Tampoco bronca.
Es otra cosa.
Una forma de seguir funcionando
cuando la fe se retiró sin hacer ruido.
Cuando ya no se cree en el trabajo como promesa.
Ni en el esfuerzo como camino.
Ni en el futuro como horizonte compartido.
Pero igual se hace todo bien.
Se cumplen horarios.
Se pagan cuentas.
Se cuida a los hijos.
Se responde con corrección.
Se mantiene la calma.
No por convicción.
Por inercia.
Hay una escena que se repite.
Personas que hacen todo lo que se espera de ellas
mientras por dentro sienten
que no están yendo a ningún lado.
No están perdidas.
Están sostenidas por el funcionamiento.
La normalidad se volvió una tarea.
Una coreografía aprendida.
Un sistema que no se detiene
aunque el sentido ya no esté adentro.
Nadie lo dice en voz alta
porque no hay palabras cómodas para eso.
¿Cómo se nombra una vida que funciona
pero no entusiasma,
no recuerda,
no proyecta?
¿Cómo se explica el cansancio
cuando no hay un hecho puntual que lo justifique?
No se explica.
Se habita.
Por eso cuesta tanto parar.
Porque parar implicaría mirar de frente.
Sentirse solo.
Encontrarse con el otro.
Encontrarse con uno.
Y con la pregunta que se viene evitando:
¿Para qué sigo haciendo todo esto
si ya no creo en nada
de lo que prometía sostenerme?
Entonces se sigue.
Se ajusta.
Se optimiza.
Se hace terapia breve.
Se ordena la agenda.
Se baja la expectativa.
No para vivir mejor.
Para aguantar mejor.
La época no nos pide pasión.
Nos pide funcionamiento.
No nos exige creer.
Nos exige responder.
Robots con pauta.
Síntoma de una inercia
demasiado repetida.
Y eso también deja marcas.
En el cuerpo que duerme mal.
En el humor plano.
En la dificultad para emocionarse sin ironía.
En la sensación de que todo podría seguir así para siempre
sin que nada cambie de verdad.
No es apatía.
Es desgaste.
No es vacío.
Es saturación sin sentido.
No es que falten cosas.
Falta razón para hacerlas.
Tal vez el daño no esté en lo que falla,
sino en lo que sigue andando
cuando ya no hay acuerdo interno
para sostenerlo.
Tal vez lo más violento de esta época
no sea el colapso,
sino esta normalidad impecable
que no deja espacio para preguntar
si todavía queremos seguir viviendo
en estos términos.
¿Existen otras vidas posibles?
Todo funciona igual.
Eso es lo que preocupa.