Hubo canciones que no vinieron a entretener ni a acompañar el fondo del día. Vinieron a decir lo que no sabíamos cómo decir, a gritar lo que no nos animábamos a gritar. Esta nota recorre esas letras que cargaron con una voz colectiva para que nosotros pudiéramos seguir en silencio.
Por Mateo Alvar

Cuando alguien dice por vos
No siempre tuvimos palabras.
Muchas veces tuvimos música.
Hubo épocas en las que no sabíamos cómo explicar lo que nos pasaba, pero lo sentíamos igual. Una incomodidad difusa, una bronca sin forma, una tristeza que no encontraba causa clara.
Entonces aparecía una letra.
Y algo aflojaba.
No porque resolviera nada,
sino porque alguien había dicho primero eso que nos estaba apretando el pecho.
I. El grito delegado
Las letras que gritaban no eran exageradas.
Eran necesarias.
Decían lo que en la mesa no se podía decir.
Lo que en el trabajo convenía callar.
Lo que en la calle se tragaba para seguir.
No gritaban para provocar.
Gritaban para sostener.
Eran un canal.
Un desagüe emocional colectivo.
Mientras ellas gritaban, nosotros podíamos seguir respirando.
II. Cuando el cuerpo no alcanza
Hay momentos en los que el cuerpo no puede más.
No alcanza con aguantar, con adaptarse, con entender.
Ahí aparece la música como extensión del cuerpo.
Una garganta prestada.
No importa si no entendíamos cada palabra.
Importaba el tono.
La insistencia.
La forma de decirlo sin pedir permiso.
Era una manera de decir no estoy loco.
No soy el único.
Esto que siento existe.
III. Letras que hicieron lugar
Esas letras no ofrecían soluciones.
No calmaban.
No prometían.
Hacían algo más simple y más difícil:
hacían lugar.
Permitían que emociones incómodas existieran sin ser corregidas.
La rabia.
La frustración.
El hartazgo.
La sensación de estar fuera de lugar en el propio tiempo.
No bajaban línea.
Abrían una grieta.
Y por esa grieta entraba aire.
IV. El silencio después del grito
Tal vez por eso hoy sentimos tanto cansancio.
Porque muchas de esas letras ya no están en el centro.
Porque el grito se volvió ruido o consigna.
O porque ahora se espera que cada uno gestione solo lo que antes era compartido.
Pero el cuerpo sigue necesitando lo mismo:
que alguien nombre antes.
Que alguien se haga cargo del grito, aunque sea por tres minutos.
No para que dejemos de sentir,
sino para no sentirnos solos mientras sentimos.
Cierre — Cuando escuchar era una forma de cuidarse
Las letras que gritaban para que no gritáramos nosotros no nos salvaron.
Pero nos sostuvieron.
Nos permitieron atravesar épocas sin rompernos del todo.
Nos dieron un lenguaje prestado cuando el propio no aparecía.
Escuchar también fue una forma de cuidado.
Una forma de política íntima.
Una manera de seguir estando sin explotar.
Tal vez hoy no necesitemos gritar más fuerte.
Tal vez necesitemos volver a escuchar esas voces que dijeron por nosotros
cuando todavía no sabíamos cómo decirlo.
No para repetirlas.
Sino para recordar que no todo grito busca ser oído.
Algunos solo quieren evitar que nos rompamos en silencio.