Por Mar Martínez
Hay cosas que no se rompen de golpe.
Se desgastan.

No hacen ruido.
No estallan.
No generan una escena clara.
Avanzan.
Un poco cada día.
La tierra, a veces, también.
Este número de NACOMA nace ahí:
en ese daño lento que no siempre encuentra palabras,
en esa forma de extraer —recursos, vínculos, tiempo, energía—
sin mirar demasiado qué queda alrededor.
La minería a cielo abierto es el eje visible.
Pero no es solo eso.
Es una lógica.
Una manera de relacionarnos con el territorio, con el cuerpo, con el futuro.
Sacar lo que sirve aunque lastime.
Negar el resto.
El problema no es solo lo que se extrae.
Es lo que se normaliza mientras tanto.
El silencio.
La distancia.
La idea de que el daño es aceptable si ocurre lejos, despacio, técnicamente.
Por eso este número no grita.
Habla en voz NACOMA.
Como algunas canciones.
Como El amor es así:
una forma de cantar sabiendo que algo ya se perdió,
pero eligiendo quedarse igual.
Cuidar lo que queda.
Nombrar la herida sin convertirla en espectáculo.
Las notas que siguen no buscan convencer.
Buscan acompañar.
Preguntarse qué pasa en el cuerpo cuando el daño no hace ruido.
Cómo se procesa lo irreversible.
Qué subjetividad se forma cuando el territorio se vuelve zona de sacrificio.
Qué música aparece después.
Qué arte queda para decir lo que la técnica no sabe.
Radamel no ilustra este conflicto.
Lo siente.
Lo traduce en imagen, en gesto, en atmósfera.
Como hacen los artistas cuando el lenguaje habitual no alcanza.
En Lo malo del después —ese disco que vuelve cuando ya pasó lo peor—
aparece otra pregunta clave de este número:
¿Qué hacemos con lo que queda?
No con la promesa.
Con el resto.
NACOMA no propone respuestas cerradas.
No milita consignas.
No baja línea.
Elige algo más difícil:
quedarse un rato con la incomodidad,
afinar la escucha,
transitar el dolor,
buscar esos pliegues que hablan de todo esto sin saberlo,
mirar sin anestesia.
Este número es una invitación a eso:
a leer despacio,
a escuchar el tono bajo,
a entender que no todo lo importante explica,
pero todo lo importante deja huella.
La tierra también.
Y el cuerpo lo sabe.