Por Mar Martínez
Hay momentos en que un país respira distinto.
No hace ruido. No hace anuncios. No avisa. Solo se modifica, cambia, ingresa en ese pliegue vertiginoso donde conviven la expectativa y la profundidad.

Simplemente cambia de tono, como si la vida cotidiana hubiera desplazado un milímetro su eje: lo suficiente para que todo parezca seguir igual… pero ya no lo sea. Es una sensación, un modo de respirar. Una tensión en la espalda —como la del equipo de Estudiantes de La Plata frente a Rosario Central— que recorre el cuerpo entero.
Este segundo número de NACOMA nace ahí:
en ese pequeño temblor emocional que antecede a una nueva época.
No venimos a explicar nada.
No venimos a dictar certezas —no las tenemos y tampoco creemos en ellas—.
Elegimos, en cambio, algo más difícil: entregarnos al arte de la emoción y la creatividad. Venimos a intentar nombrar lo que sentimos cuando todavía no sabemos del todo qué está pasando.
El cansancio de estar disponibles siempre.
Replegados en la autoayuda, buscamos una identidad que no vamos a encontrar ahí. Disparamos frases porque aún creemos en la certeza; nos ordenamos “relajar” porque seguimos creyendo en esa quietud engañosa de la miserable tranquilidad.
Los microduelos que acumulamos sin admitirlos.
La fragilidad emocional de un país que redefine su contrato social.
La inteligencia artificial que avanza más rápido que nuestro cuerpo.
El rock nacional que siempre entendió lo que nunca dijimos.
La pelota que no entra y nos duele como si nos faltara una parte del alma.
Las ciudades reales y las ciudades que inventamos para poder seguir viviendo.
Todo eso es Argentina.
Todo eso somos.
NACOMA no es una revista de tendencias.
Es una revista de época —o al menos eso estamos intentando lograr—.
Un espacio para leer lo que nos atraviesa: la ansiedad, la pertenencia, la duda, la memoria, el gesto silencioso, la ciudad íntima, la emoción que late debajo del dato.
En este segundo número, cada autor trae un fragmento del país emocional que estamos habitando:
Gonzalo Ermin escribe sobre el agotamiento invisible de estar siempre “en línea”, ese pacto moderno donde la disponibilidad se volvió una forma de sobrevivencia.
Renata Vüller indaga el microduelo cotidiano y el dolor deportivo que revela quiénes somos debajo de la camiseta.
Lucía Arense explora el miedo que sentimos frente a las máquinas, más humano que tecnológico.
Mateo Alvar vuelve al rock nacional para recordarnos que la música entendió nuestra identidad antes que la política.
Sofía Luján Ferrero acompaña el viaje a Salto y Tumé, esas geografías reales e inventadas donde buscamos sentido cuando la realidad se vuelve estrecha.
Y NACOMA, desde su mineral, propone pensar un país que cambia el contrato social sin que hayamos decidido todavía cómo sentirlo.
Este número es una invitación.
A leer más lento.
A pensar más hondo.
A recuperar la capacidad más argentina que existe: encontrar belleza incluso en la intemperie.
Bienvenidos al segundo número de NACOMA.
No es solo una revista.
Es un territorio emocional.
Una forma de mirar.
Un modo de respirar en una época que nos pide demasiadas cosas y, aun así, nos deja un resquicio de luz para seguir creando.
Que este número acompañe.
Que incomode un poco.
Que abra.
Que sostenga.
Que nos encuentre —como siempre— en ese punto exacto donde la emoción se convierte en lenguaje.