Todos habitamos una ciudad real y otra, si se quiere, personal. Una geografía física y otra emocional. Salto y Tumé —tan concretas como imaginarias— encarnan ese doble territorio que inventamos pero existe: un juego raro, sensitivo, verdadero. Tumé es mi creación; Salto es real, pero el modo en que caminé estas calles, en que fui parte de ellas, también pertenece a mi propia invención. Mis recuerdos modifican mi mirada: en esas veredas amé, resistí, encontré sentidos cuando el mundo cotidiano me quedaba chico.
Esta nota explora cómo los territorios —los creados y los heredados, los íntimos y los compartidos— funcionan como refugio, memoria y continuidad en tiempos de intemperie y confusión.

Por Mar Martínez y Sofia Luján Ferrero
El mapa que no aparece en Google
Hay ciudades que no existen en los mapas, pero sí en nosotros: en nuestro modo de sentir, en nuestra forma de caminar, en el sentido de pertenencia que se nos arma por dentro y, muchas veces, en nuestra manera de proceder.
Son ciudades que inventamos sin darnos cuenta, universos que nos permiten oxigenarnos, liberarnos, recomponer lo que la realidad no alcanza a sostener. Se forman entre recuerdos, pérdidas, intuiciones y una necesidad profunda de pertenecer a un lugar que todavía no encontramos. Son espacios donde la esperanza respira, donde el vuelo es posible, donde la imaginación deja de pedir permiso. Lugares donde el ego —o la vigilancia ajena— pierde peso.
Salto —con su río, su luz, sus veredas que crujen con la tarde— es geografía viva y palpable.
Tumé —con su mito, su silencio y su aura mineral— es geografía interna, personal, creativa, esencial.
A veces necesitamos de ambas para sobrevivir, para recuperar el aliento, para reencontrarnos con lo que reprimimos, para volver a respirar.
Las ciudades reales nos contienen.
Las ciudades que inventamos nos completan.
Unidad de Realidad
Los territorios Salto y Tumé como parte del universo NACOMA: uno físico y cotidiano; el otro simbólico, emocional, casi mítico.
Pregunta Luminosa
¿Por qué inventamos ciudades internas y qué nos permiten enfrentar que la realidad sola no puede sostener?
Reescritura Sistemática
Lectura psicológica y cultural sobre los territorios imaginarios como mecanismos de continuidad emocional, identidad y memoria.
I. Salto: la ciudad donde el tiempo se puede tocar
Salto no es solo un lugar común —al menos así lo siente mi corazón—: es una manera de mirar.
Aquí el ritmo es más lento, la luz cae distinta, los cuerpos se saludan sin motivo, el rumor de un pueblo late entre pasado y presente, en historias que respiran desde sus esquinas y devuelven, desde algún pliegue compasivo, la energía de la infancia.
Para quien la habita —o la recuerda— Salto funciona como:
- ancla emocional,
- territorio de retorno,
- memoria que baja la respiración,
- recordatorio de que la vida también puede ser simple.
La ciudad real es el punto de apoyo: lo tangible.
Lo que podemos tocar con nuestras manos.
Lo que permite que exista todavía algo firme desde donde mirar el resto: su idiosincrasia, su sonido, su nocturnidad, el olor a tilo, sus aromas.
En tiempos de exceso, Salto es el lugar que baja el volumen.
El sitio donde uno vuelve a ubicarse.
El espacio donde la respiración recupera ritmo.
II. Tumé: el territorio que inventamos para no rompernos
Tumé no está en el GPS.
Tampoco quiere estar.
Tumé aparece donde la realidad no alcanza; donde la herida pide un símbolo; donde lo crudo se vuelve tangible y obliga al reconocimiento.
Es el territorio que te lleva al suelo —como un feto— para que aprendas a mirarte al espejo, a sentir, a dejar de negarte.
Donde la pérdida exige un lenguaje nuevo, y ese lenguaje, por fin, encuentra forma.
Es un territorio mineral, lumínico, íntimo: mezcla de mito y cicatriz.
Para muchos, Tumé es:
- refugio espiritual,
- geografía de preguntas,
- un espejo que devuelve lo que aún no podemos decir,
- un lugar donde la memoria no duele: se transforma.
Si Salto es el mundo que se pisa,
Tumé es el mundo que se sostiene desde adentro.
Son los dos costados de la misma búsqueda.
III. Las ciudades que inventamos para seguir viviendo
Cada persona inventa una ciudad propia.
A veces es un recuerdo deformado.
A veces un ritual.
A veces una idea, un clima, una esquina que nunca existió.
Un aroma que cobija.
Una flor que domestica.
Las ciudades internas cumplen funciones que ninguna ciudad real puede ofrecer:
- reparan lo que la geografía física no puede;
- permiten decir lo indecible;
- alojan versiones nuestras que ya no tienen cabida en la vida adulta;
- ordenan el caos con símbolos;
- dan sentido cuando ya no queda otra estructura disponible.
Inventar un territorio no es evadir la realidad: es ampliarla.
Es reconocerla.
Es vivirla sin máscaras.
Es renunciar a la hipocresía emocional y caminar hacia un espacio genuino, propio, significativo.
IV. Lo que Salto y Tumé revelan de nosotros
Al hablar de Salto y Tumé, hablamos también de:
- lo que necesitamos recordar,
- lo que necesitamos creer,
- lo que necesitamos proteger,
- lo que todavía no sabemos soltar.
Salto guarda la memoria del cuerpo.
Tumé guarda la memoria del alma.
Y tal vez por eso funcionan como un sistema: uno sostiene, el otro ilumina.
Uno concreta, el otro expande.
Uno nos devuelve al mundo; el otro nos explica por qué ese mundo importa.
NACOMA, con su fuerza mineral y luminosa, teje un puente entre esas realidades.
CIERRE NACOMA — Volver para adelante
Las ciudades que inventamos no son escapatorias: son caminos.
No son ficción: son continuidad.
Necesitamos lugares que existan afuera y lugares que existan adentro.
No podemos seguir anestesiando lo que sentimos con discursos de autoayuda ni con la comodidad de repetirnos que “ya estamos sanados”.
La emoción no es una frase motivacional: es percepción pura.
Es piel de gallina.
Ojos que se iluminan.
Necesitamos territorios donde la vida pueda seguir incluso cuando la realidad se vuelve pesada.
Lugares donde reencontrarnos con lo rudimentario, lo palpable, lo mineral.
Ese núcleo que unifica.
Salto nos da suelo.
Tumé nos da sentido.
Y entre ambas aparece algo parecido a una forma de seguir viviendo.
Porque, al final, todos necesitamos un mapa donde podamos volver sin retroceder.