Sobre Sele Vera, Los Pampas y El amor es así

El amor es así no promete nada. Solo suena.
Canta en tono menor, como se canta cuando uno sabe que algo se perdió, pero igual insiste.

No hay épica del amor acá.
Hay persistencia.

Amar cuando el daño ya ocurrió.
Seguir cuando el paisaje no vuelve a ser el mismo.
Encontrar belleza no en lo intacto, sino en lo que sobrevivió a la intervención.

Las canciones avanzan despacio. En vibraciones suaves.
Una voz tenue que abraza sin apretar.

Se apoyan en una fragilidad firme, en vínculos gastados que no se rompen del todo. Como si el amor fuera eso: no la ausencia de la herida, sino la forma de convivir con ella.

No se habla de extracción.
No se la enfrenta.
Se la siente.

En la voz, en los arreglos, en ese clima de campo modificado donde todavía hay canto. Donde la raíz sigue ahí, aunque ya no esté cubierta de tierra blanda.

El disco no niega la pérdida.
La incorpora.

Como el territorio cuando aprende a vivir con la huella.
Como un cuerpo que ya sabe dónde duele y aun así elige quedarse.

Hay algo profundamente político en ese gesto, aunque no lo diga.
No porque denuncie, sino porque no se endurece.
Porque intenta sobrevivir desde lo estético, lo musical, lo que no se dice y se expresa con instrumentos.

No responde al daño con estridencia, sino con una belleza que persiste.

El amor es así funciona como metáfora emocional de lo cotidiano:
amar sabiendo que algo se extrae,
cantar aun cuando el suelo tiembla,
seguir en tono menor cuando subir el volumen ya no alcanza.

Esta música no explica nada.
Prepara.

Afina el oído.
Baja la respiración.
Deja al cuerpo en un lugar donde puede escuchar lo que viene sin defenderse.

Como hacen las cosas que importan de verdad:
no irrumpen,
acompañan.

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