Por Mar Matinez
La época que no estalla, pero gasta

La ciudad no está rota.
Funciona.
Los comercios abren.
Las persianas suben.
Las veredas se llenan a la hora prevista.
El transporte llega.
Las pantallas responden.
La mesa está puesta.
El mate se lava.
El día avanza con una precisión aceptable.
No hay nada que señale una emergencia.
El estado de las cosas se sostiene.
Y, sin embargo, el cuerpo llega cansado a la noche.
No cansado por exceso de movimiento,
sino por repetición.
Por sostener una coreografía aprendida.
Por cumplir sin preguntarse demasiado para qué.
Vivir sin ruptura es eso:
una vida que no estalla, pero desgasta.
No hay un hecho puntual al que echarle la culpa.
No hay tragedia visible.
No hay colapso.
Hay horario.
Hay agenda.
Hay rutina.
Hay una forma de estar en el mundo que ya no promete nada,
pero exige presencia constante.
La época no nos pide entrega, riesgo, amor.
Nos pide funcionamiento.
Revisar redes.
Sostener perfiles.
Cumplir tareas.
Responder con corrección.
Administrar el tiempo como si fuera un recurso que no puede perderse.
La ciudad acompaña esa lógica.
Todo está diseñado para que nada se detenga.
Para que el movimiento no se interrumpa
aunque el sentido ya no esté adentro.
Por eso el cansancio no se explica.
Se acumula.
Se nota en el cuerpo que duerme liviano.
En el humor que se aplana.
En la dificultad para emocionarse sin ironía.
En la sensación de que todo podría seguir así durante años
sin que nada cambie de verdad.
No es tristeza.
No es apatía.
No es vacío.
Es desgaste.
Una saturación silenciosa.
Un exceso de hacer sin razón suficiente.
Vivir sin ruptura implica aprender a aguantar.
A ajustar expectativas.
A optimizar la energía.
A no pedir demasiado.
No para vivir mejor.
Para durar.
En esa lógica, la normalidad se vuelve una tarea.
Algo que hay que sostener
aunque ya no se sienta propio.
Un acuerdo interno que se rompe en silencio
mientras hacia afuera todo sigue funcionando.
NACOMA aparece ahí.
No para explicar esta época,
sino para nombrarla desde el cuerpo.
Desde la mesa de todos los días.
Desde la ciudad que no se cae.
Desde la vida que cumple.
Tal vez lo más violento de este tiempo
no sea el colapso,
sino esta continuidad perfecta,
genérica,
que no deja espacio para preguntarse
si todavía queremos seguir viviendo así.
Todo funciona igual.
Y eso, justamente eso,
es lo que empieza a pesar.