Llega un momento en que el ruido deja de tapar lo que duele. La ciudad acelera, propone distracción, promete intensidad. Pero el cuerpo pide otra cosa. Esta nota piensa el regreso —real o simbólico— al barrio como un gesto silencioso de búsqueda cuando el afuera ya no alcanza.
Por Sofia Luján Ferrero

Cuando algo empieza a cansar distinto
No es que el ruido moleste.
Es que deja de servir.
Las calles llenas, los planes seguidos, las luces prendidas hasta tarde. Todo sigue ahí. Pero algo no engancha como antes. El cuerpo cumple, pero no se entrega.
No hay rechazo.
Hay desgaste.
Una sensación suave, persistente, de que ya no alcanza con sumar estímulos para sentirse acompañado.
I. El barrio como ritmo
El barrio no es una postal.
Es un ritmo.
Las veredas conocidas.
Los sonidos que no sorprenden.
Las caras que no preguntan demasiado.
No exige entusiasmo.
No pide explicación.
En el barrio, el cuerpo baja un cambio sin darse cuenta. Camina distinto. Mira distinto. Se permite estar sin performar.
No porque sea mejor.
Porque es más cercano.
II. Cuando el afuera se vuelve ruido
Hay una edad —no siempre cronológica— en la que el afuera empieza a sentirse ruidoso. No por volumen, sino por insistencia.
Todo quiere atención.
Todo compite.
Todo propone.
Y el cuerpo, saturado, empieza a buscar bordes más amables.
No es nostalgia.
Es regulación.
III. Volver no siempre es regresar
A veces volver al barrio no implica volver al mismo lugar.
Implica volver a una forma.
Una mesa sin producción.
Una charla sin objetivo.
Un silencio que no incomoda.
El barrio aparece ahí:
en la escala humana.
en el tiempo que no corre.
en la posibilidad de estar sin explicar quién sos ahora.
IV. Lo que el barrio todavía aloja
El barrio aloja cosas que la ciudad grande perdió de vista.
La espera.
La repetición.
El saludo mínimo.
La pertenencia sin contrato.
No es refugio total.
No es solución.
Es apoyo.
Cuando el ruido ya no alcanza, el cuerpo necesita apoyarse en algo que no lo empuje.
Cierre — Escuchar lo que pide el cuerpo
Volver al barrio no es retroceder.
Es ajustar el volumen.
Es reconocer que hay momentos en los que menos intensidad permite más presencia.
Tal vez el barrio no sea el lugar donde todo empieza,
pero sí uno de los pocos donde todavía se puede parar
cuando el ruido ya no alcanza
y el cuerpo pide otra forma de estar en el mundo.
No para quedarse.
Para volver a escucharse.